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Nuestro cuerpo ha evolucionado durante miles de años procesando alimentos reales: fibras vegetales, frutas, semillas, raíces, polifenoles, compuestos como el licopeno o el resveratrol… Todos ellos nutrientes naturales que la microbiota intestinal reconoce, metaboliza y agradece.
En cambio, los edulcorantes artificiales son relativamente nuevos en nuestra historia alimentaria, y su impacto sobre la microbiota intestinal genera cada vez más preocupación científica.
¿Qué son los edulcorantes artificiales?
Son sustancias químicas de síntesis que se utilizan para dar sabor dulce sin añadir calorías. Algunos de los más comunes son:
- Sacarina (E-954)
- Sucralosa (E-955)
- Aspartamo (E-951)
El truco detrás de su bajo aporte calórico es que no son absorbidos por el organismo durante la digestión. Pero eso significa que llegan íntegros al intestino grueso, donde alteran el equilibrio de la microbiota, alimentando a bacterias menos beneficiosas para nuestra salud.
Efectos de los edulcorantes en la microbiota
Cada vez más estudios relacionan el consumo habitual de edulcorantes con:
- Disbiosis intestinal (desequilibrio de la microbiota)
- Peor tolerancia a la glucosa
- Resistencia a la insulina
- Mayor riesgo de sobrepeso y síndrome metabólico
- Falsa sensación de autocuidado, al consumir “sin calorías” lo que sigue siendo ultraprocesado
Por eso, desde un enfoque de alimentación consciente y relación saludable con la comida, aplicamos el principio de prudencia: cuanto menos edulcorantes artificiales, mejor.
¿Qué alternativas son más adecuadas?
En lugar de edulcorantes sintéticos, elige endulzantes naturales de calidad:
- Miel sin pasteurizar (aporta minerales y polifenoles beneficiosos)
- Azúcar de coco o panela
- Frutas frescas dulces (como plátano o uvas)
- Frutas desecadas (pasas, dátiles, orejones)
Eso sí, incluso los azúcares de mejor calidad se metabolizan como glucosa y, en exceso, se almacenan como grasa. Lo ideal es aprender a:
Reducir el umbral del sabor dulce
Una herramienta útil es reeducar el paladar, disminuyendo poco a poco la cantidad de azúcar añadida hasta que puedas disfrutar del sabor natural de los alimentos.
Este proceso, además de cuidar tu microbiota, fortalece tu relación con la comida al liberarte de la necesidad constante de estímulos dulces. Y eso también es bienestar.